Hacernos cargo de nuestro vestuario es uno de los comportamientos que nos adentran en el mundo de los adultos. Es decir, al principio, de niños, aprendemos a vestirnos solos (siguiendo instrucciones repetidas día tras día) y, después llega ese momento en el cual nos tenemos que hacer cargo del cuidado de nuestra ropa. Pues que sepáis que, como la mayoría de todos estos hábitos, esto se pierde a la inversa.

En un primer momento, cuando mi madre “solo tenía depresión”, se encargaba de lavar la ropa y plancharla y esas cosas que se hacen en la vida. No obstante, el bucle depresivo no convive bien con eso de alternar la ropa limpia y mirarse en el espejo para elegir qué ponerte. En verdad, nunca había hecho esto –a lo segundo me refiero-, no obstante, tenía sus preferencias que desaparecieron con la depresión, cuando empezó a ser raro eso de cambiarse de ropa por iniciativa propia. Sin embargo, podía vestirse sola. Ahora necesita supervisión para ponerse las prendas que elegimos para ella.

Cuando pasamos de su depresión a la nuestra por medio de un diagnóstico, a veces, este rato de vestirse se convertía en el camarote de los Hermanos Marx. Que “Si esto no me lo pongo”, “Esto pica”, “Dónde tendré esta camisa”, “Que si voy a buscar otros pantalones”… Sacar ropa del armario, paseos de una habitación a otra, vuelta a un armario, revuelta en el otro. A veces, me entraba esa risa que se sitúa en la frontera con el llanto.

Pues bien, a lo que iba, hablaremos hoy de vestirse. Como no soy una experta profesional titulada en el asunto, en el de la demencia y en el de la ropa (empiezo a adquirir o heredar las conductas de mi madre en lo de elegir vestuario, me pongo lo primero que pillo), incluiré en esta entrada mis impresiones acerca del tema.

LAVAR, tender, planchar y doblar LA ROPA

Mi madre no es capaz ya de poner o entender una lavadora, no la culpo.  A veces se queda mirando a que acabe el centrifugado, como mucho, y en otras ocasiones –será el instinto- como que se lanza a tenderla. Si la quiere tender, observo y la ayudo. Planchar, descartado totalmente y doblar, las sábanas. Recoger ropa tirada forma parte de su ser como madre, pero claro, a saber dónde la guarda. Supervisión absoluta. Mi consejo es el siguiente: dejar hacer en la medida en que se pueda, o lo que es lo mismo, sentido común. Lo que a veces me impresiona muchísimo es su facilidad para lavar a mano, creo que porque vivió en una época sin lavadoras, con lo rápido que esto se me va a olvidar a mí… Siempre con supervisión, por supuesto. Opino que responsabilizarse de lavar su propia ropa interior (como se pueda) u otras prendas motiva esa autoestima perdida que procede de lo de hacerse cargo de uno mismo. Vamos, que tampoco es plan de que se laven toda la ropa, pero porque se laven la ropa de vez en cuando, no pasa nada. Aunque quede sucia.

Elegir ropa

Mientras se pueda, habrá que permitir que se haga. No os preocupéis, no se trata de una regresión a la adolescencia. Se trata tan solo de mantener sus preferencias que, al fin y al cabo, son tan variables como el día que se tenga. Le pasa a todo el mundo. Paciencia. Si hoy no quiere ponerse el jersey rojo, pues que se ponga otro.

Por otro lado, todos sabemos que estacionalmente necesitamos un tipo de ropa. Nos lo dice la sensación térmica y mientras esta hable con nuestro cerebro, habrá que dejar que dialoguen.

Vestirse
  • Empezando por lo básico, mientras una persona tenga la movilidad y las habilidades para hacer algo, aunque lo haga despacio y lo tenga que repetir una y mil veces, debería seguir haciéndolo. ¿Por qué? Porque es mejor vestirse uno solo a que te vistan y porque cuando se deja de hacer algo por sistema, se deja de hacer para siempre. Nos topamos en este punto con la paciencia de Job. Si habéis tenido que haceros cargo de niños, sabréis de lo que hablo. Hay dos extremos: el de “¡¡Que lo hago yo solo!!” (aunque esté mal hecho) y el de “Yo no sé hacerlo, hazlo tú”; bien, os podéis encontrar con ambos en el mismo día y con una infinidad de matices… Solo deciros que paciencia y que intentéis forzar, aunque solo sea un poquito, para que la persona lo haga por sí misma. Claro, está, esto dicho así en frío es muy fácil de decir, pero hay que verse en el momento en el que la bendita paciencia está a punto de agotarse, en especial, si las prisas apremian. Paciencia, paciencia y más paciencia. Hay que procurar que la persona siga haciéndolo sola aunque si notáis que el grito os sube por la garganta y estáis al borde del infarto, tampoco pasa nada por hacerlo vosotros, pero que no sea el objetivo. Y si finalmente acabáis gritando, no pasa nada, es normal, somos humanos.
  • Pensad que si mientras vosotros necesitáis dos minutos y medio para vestiros, como máximo, cuando el despertador suena a las seis de la mañana, quizás no seguís el mismo ritmo. Deberéis haceros a la idea de que para que una persona con una enfermedad neurodegenerativa de este palo se vista, puede ser necesaria media hora o más. Id con el tiempo que no tenéis vosotros.
  • Otro punto importante. Es necesario respetar la manera en la que cada uno hace sus cosas. Me explico. Me alucina el modo en que mi madre se pone una camiseta, por ejemplo. Primero, examina la susodicha camiseta para ver dónde está la etiqueta del cuello, para después de unos complicados giros que sigo sin entender, meter la cabeza por el cuello y ponérsela. Nunca antes me había fijado en esto. El resultado: se la pone igual, si bien es cierto, hay un limitado número de veces  en las que falla, creo que porque la prenda es muy difusa, analógicamente hablando. Lo que quiero decir es que cada maestrillo tiene su librillo, no intentéis que vaya a cambiarlo porque vuestro sistema sea mejor. Simplemente, cada uno tiene el suyo. Paciencia, qué le vamos a hacer.
  • Respetad la movilidad de cada uno. Repetid el siguiente mantra: “Soy un apoyo, soy un apoyo y donde mi familiar no llega, ahí llego yo”.
  • Botonear, abrocharse o desabrocharse algo, es una habilidad que no se olvida fácilmente. Lo hacemos millones de veces en nuestra vida. Pero recordad que el cómo y el dónde son importantes. Desabrocharse los botones compulsivamente se trata de un gesto nervioso muy característico de las personas demenciadas, ya sea por enfermedad o circunstancial. Si la persona lo hace de manera nerviosa puede ser que algo esté pasando (una infección, miedo…) o que la propia enfermedad os esté hablando.
Calzado

Otro de los asuntos enrevesados de este maldito tema. Desde mi punto de vista, es la piedra angular de la vestimenta: los cordones del infierno. Uno no se olvida rápidamente de cómo atar unos cordones. No sé qué mecanismo cerebral lo impide, pero creo que haberlo, hailo. No obstante, si algo te supone un esfuerzo en esta vida, prefieres que lo hagan otros. No os dejéis llevar por las prisas o la pena. Si normalmente digo que no hay que forzar, en este aspecto, os digo: forzad, por favor. Nos ha sorprendido mucho ver a mi madre atarse los cordones. Si no puede agacharse, servíos de taburetes para facilitar la tarea o poneos vosotros mismos como barra móvil para que se apoye en vosotros, lo que sea. Puede que así, no siempre pasa, os topéis con la grata sorpresa de ver a vuestro familiar levantando la pierna para atarse los cordones y saltaréis de júbilo, más aún que si contemplarais a un niño de cuatro años hacerlo.

En el mercado, encontraréis unos “cacharros” que se usan para enseñar a los niños a atarse los cordones. También podéis confeccionarlos vosotros, como una actividad más. Nosotros no lo hemos utilizado aún y, sinceramente, no creo que lo vayamos a hacer. Entiendo que los procesos de aprendizaje en mi madre están desactivados, por lo que no creo que vayan a ser útiles en absoluto. Cuando no sepa atarse los cordones, habrá que pasar de ellos directamente al velcro o a atárselos nosotros. Aquí os dejo una foto, por si os da por probarlos. Son muy chulis.

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desvestirse

Desvestirse será ahora y siempre mucho más fácil que vestirse. Si bien es necesario controlar dónde y cómo, es decir, que no haya contratiempos y que uno no se quite los pantalones antes que los zapatos.