Public enemy n. 1: las infecciones

Seguro que sabéis de qué va el rollo si os hacéis cargo de una persona dependiente. Las infecciones son uno de los grandes problemas en su atención. Les hacen la vida imposible a ellos y, por extensión, a vosotros. Hace poco nos enfrentamos a una infección respiratoria y, qué deciros, fue poco menos que un infierno para todos. La fiebre, el dolor, la dificultad de seguir los tratamientos, lo complicadísimo que es combinar los cuidados «especiales» con la vida normal, la amenaza del ingreso hospitalario (esos ingresos de cubrir 24 horas de hospital con una persona demenciada), la pena, el agotamiento… 

Lo ideal para combatirlas sería la prevención: mantener el sistema inmunológico fuerte y resistente al ataque de virus y bacterias (sin olvidarse de la vacunación, por ejemplo, para la gripe).  Bien, pues es un hecho que la edad no ayuda a conservar las defensas… Por otro lado, llegados a este punto, hablaré del bienestar emocional y su relación con el sistema inmunológico. Seré breve: si estás bien contigo mismo o te sientes feliz, tus defensas están a tope y acaban con casi cualquier malintencionado bicho. No siempre, pero parece que es así. Pero, ¡ay, amigo! La tristeza, los bajones, el cansancio, etc., te dejan sin Pedritos. A vosotros también.

Imagen de la serie televisiva “Erase una vez la vida”.

Y diréis, ¿por qué no probar la prevención con terapias naturales? Bueno, mi teoría es que aquellas personas que no pueden expresar lo que les pasa y que, aparentemente, no son conscientes o no pueden expresar hacia ellos mismos qué es lo que ocurre con su cuerpo no reaccionan a tratamientos naturales destinados a reforzar el sistema inmunológico. Suelto esto como si fuera una científica, pero me ha parecido observar que si no hay consciencia como tal del ser, las cosas naturales no funcionan igual. No digo que no sirvan, sino que no son tan eficaces. Cuando ya no somos capaces de cuidar de nosotros mismos, no hay infusión, concentrado, esencia, herboristería, complemento y demás recetas de la abuela que valgan (lo digo por experiencia). Somos pasto de la enfermedad y de la química, que parece que es lo único que funciona a costa de reventarnos el resto de nuestros órganos. 

La única cosa que se me ocurre es extremar la higiene y beber muchos líquidos (que van bien para todo), peeeeeeero por mucho que hagáis, nunca será suficiente. Un universo de microorganismos está esperando un momento de debilidad y, como bien sabéis, vuestra vida es debilidad. 

Después de esta introducción tan poco halagüeña, profundizaré en el caballo de batalla de toda persona dependiente:

Las infecciones de orina

Las temidas infecciones de orina –que, en palabras de nuestro urólogo, son tan difíciles de prevenir, diagnosticar y tratar en enfermos de tipo neurológico– se han convertido en nuestro día a día. Las alteraciones comportamentales y la amenaza de un nuevo ingreso hospitalario son los fantasmas que nos torturan en nuestra cotidianidad. Al padecer mi pobre varias infecciones de orina al mes, hemos desarrollado un protocolo de actuación, implícito obviamente, cuando consideramos que nuestra mascota, el maldito bicho que nos hace la vida imposible, decide ponerse a actuar:

  • Normalmente, las infecciones de orina en personas mayores vienen acompañadas por una alteración del comportamiento muy evidente (alucinaciones, deambulación nocturna, irritabilidad, agresividad…). Incluso en estados avanzados, como es nuestro caso, en los que estos síntomas ya se dan, en presencia de una infección son todavía más intensos. También el olor de la orina es un indicativo muy claro. Después de varias infecciones, se desarrolla el sentido del olfato, algo que denomino «tira de orina olfativa». Entras en casa, hueles y piensas: «¡Mierda!, otra vez». Es importante tener en cuenta que el enfermo no puede manifestar si padece dolor o si le cuesta orinar; incluso, en ocasiones, estas infecciones no se manifiestan como en los adultos normales y pueden pasar desapercibidas para los familiares, son asintomáticas hasta que dejan de serlo.
  • Recogemos una muestra de orina (aquí comienzan los problemas: desarrollar una técnica para recoger la orina requiere de ingeniería tipo MacGyver; si queréis saber cómo lo hacemos, os puedo responder por privado).
  • Acudimos al centro de salud, si vemos que no hay fiebre, directamente vamos sin ella; y si la hay, pues el servicio de emergencias tendrá que venir a casa. Conviene insistir en que el antibiótico que se recete sea compatible con el resto de la medicación. Los médicos lo tienen en cuenta, pero no está de más insistir, sobre todo, para que vosotros lo sepáis en el futuro. Y si un antibiótico funciona, procurad que os receten el mismo la siguiente vez, porque probablemente el bicho será el mismo.
  • La siguiente fase: el cultivo para saber a qué bicho nos enfrentamos. Un cultivo lo solicita el médico de cabecera. Una vez que se entrega la muestra con la primera orina de la mañana, deben pasar 5 días para que se obtengan resultados. Es decir, desde que se termina el tratamiento hasta saber a qué maldita bacteria nos enfrentamos, han tenido que pasar unos 10 días si contamos fines de semana. Esto debería ser lo primero, antes de recetar ningún antibiótico, pero es evidente que lo primero que urge es atajar la infección. No obstante, saber si hay bicho facilitará el tratamiento cuando reaparezca la infección. Cuidado con el ácido clavucónico, puede causar descomposición.

Aquí os dejo una lista de enlaces si queréis saber un poco más sobre este apasionante mundo:

← Entrada anterior

Entrada siguiente →

1 Comentario

  1. Marta Sebastián Anuncibay

    Qué labor tan buena estás haciendo con esta web, un abrazo y un aplauso, y luego otro abrazo.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.