Disputándose los primeros puestos en el podio de la adorabilidad, existe una lucha encarnizada entre gatitos y bebés en las redes sociales. ¿A quién no le gustan? No empecéis a levantar las manos… Lo sé, lo sé, no a todo el mundo le gustan, incluso hay quien los detesta –a los gatitos y a los bebés–; y ¿sabéis qué os digo? Que a mí me da igual lo que os parezca a vosotros, mi madre adora a los bebés.

De hecho, en estos momentos en los que ya pocas cosas, por no decir ninguna, funcionan… lo único que de veras le saca una sonrisa y, aun mejor, unas cuantas palabras bonitas y con una coherencia inaudita, son los vídeos y las imágenes de bebés y niños variopintos. Bueno, y también los de carne y hueso, pero de esos me cuesta más tenerlos a mano siempre que me apetezca, a menos que alguien me informe de dónde puedo comprar uno o alquilarlo un rato para sacarlo cuando me venga bien. Es más, me gustaría que ella pudiera cogerlo entre sus cariñosas manos, pero claro… no es posible.

No es que no tenga instinto maternal, que no lo tengo (la naturaleza es sabia), no soy madre ni pienso serlo y, sin ánimo de entrar en ese estúpido debate hormonal que de vez en cuando explosiona en algún rincón de la red entre madres orgullosas frente a no madres orgullosas, todas ellas unas plastas, simplemente diré que quiero acabar con esta cadena genética que nos ha maldecido. Creo que deberían inventar una aplicación para el reloj biológico que desactivara sus funciones cuando la genética está activada para evitar sorpresas desagradables. Aquí lo dejo caer. Ese bebé tan tierno no debería vivir ninguna de estas mierdas que, por su ADN, le van a tocar padecer. A mí me gustan los perros.

Dejando tonterías a un lado y volviendo al tema que motiva esta entrada que, para retomar por donde lo deje hace un par de meses, escribo hoy después de tanto tiempo –he estado muy muy ocupada– hablaré de los vídeos de bebés.

A mi madre, de recio y sobrioseco carácter, siempre la enternecieron los bebés y los niños pequeños. De hecho, hoy en día, cuando ve un niño –en formato multimedia o en su versión real– todavía sonríe y se alegra. Es más, cuando ojea (u hojea, no lo tengo claro en este caso) una revista o periódico, cosa que hace como si estuviera leyéndolo de verdad –me encanta verla pasar las páginas y mirando los artículos como si los entendiera e incluso parándose en las esquelas– y ve un niño, enseguida dice algo.

Hace un par de años, probé a sacar de nuestro catálogo de vídeos privados los recuerdos de nuestro bebé más reciente, pero qué queréis que os diga, me dolía muchísimo que no se diera cuenta de que el vídeo era un vídeo y que no se percatara de que el bebé que correteaba en ese vídeo ya no era un bebé y, lo que me parecía peor, que intentara hablar con el vídeo. Además, claro, verla en aquellos fragmentos de nuestro pasado como la cariñosa abuela y la mujer genial que fue, me partía el alma, así que lo dejé por imposible. Sin embargo, el tiempo y las adversidades nos hacen más fuertes y ahora, reconozco, que no solo no me importa que mi madre no distinga entre vídeo y realidad y hable con una pantalla, sino que me encanta; y, además, me viene muy bien porque la tengo supercontenta y entretenida mientras yo hago la cena, recojo o, simplemente, cuando quiero animarla. La vida es cambiante, muchachos. Lo que sí que evito es servirme del repositorio familiar porque una es dura, pero no tanto. Mi pretensión no es ponerme nostálgica cuando estoy con ella, aunque muchas veces sea inevitable. Hay que seguir adelante y si tiene que ser a costa de bebés ajenos, pues lo será.

Que mi madre que pocas veces, o más bien ninguna ya, es capaz de decir algo con sentido o hilar frases que realmente tengan relación con lo que piensa, diga: «Mira, cómo va a gatas», «Me ha sacado la lengua» o se dirija al bebé diciéndole cosas cariñosas, me suele hacer llorar de la emoción y también me da tregua para hacer otras cosas o para tranquilizarla. Resulta muy emotivo, de veras, y me recuerda que el potencial cariñoso de mi madre sigue estando ahí.

Utilizo solo dos vídeos. Uno es personal, de una amiga. Es su sobrina y diré que veo más a esa niña que la propia tía. De hecho, cada vez que esta amiga me enseña fotos de la baby, pienso en cómo ha crecido la niña, comparándola con ese vídeo que me pasó hace tres meses –hay que tener en cuenta que la tierna criatura tiene un año– y que la veo a diario en la misma etapa de crecimiento, aunque ella no pare de crecer. Algún día me gustaría agradecerle a esa preciosa niña lo mucho que está ayudando a mi madre y aprovecho la oportunidad que me brinda mi propia página para decir que, aunque vea ese vídeo unas 15 000 veces al día, me sigue haciendo gracia a mí también, pese a que me gusten más los perros.

El otro, aquí os lo dejo. Nos gusta a todos, será porque venimos de una cultura del vino.

Os animo, pues, a que enseñéis a vuestros queridos enfermos vídeos de cositas entrañables como bebés (creo que funcionan muy bien con las mujeres, ya sabéis, cultura, hormonas… no me tiréis los trastos a la cabeza que esto no es patriarcado, no seáis pesad@s); o tiernos gatitos, perritos o cualquier «-ito» que se os ocurra como esas entrañables imágenes de las cucarachitas con su mamita que rondan por ahí. Si cuela, cuela. Aunque el cerebro ya no funcione como debería funcionar, esa pequeña parcela de las emociones todavía se puede trabajar. Sin ser neuróloga, me parece intuir que los cachorritos estimulan áreas cerebrales destacadas. En serio lo digo, mi madre está más despejada y más contenta cuando ve a sus bebés, aunque no sean sus bebés. E insisto, para mí, verla reír como solía hacerlo es, en ocasiones, lo mejor del día.